El taxista y el vigilante – Una lección sobre el poder del estado de ánimo  

El taxista y el vigilante - Una lección sobre el poder del estado de ánimo   

El primer oponente

Hace unos cinco meses fuimos bendecidos con la llegada de nuestro cuarto hijo, Shelomó. El bebé nació en Shabat, y después de tres días nos dieron de alta del hospital. Mientras esperaba en la puerta del hospital para recoger a mi esposa, me di cuenta de que un taxi se había colocado a mi lado y bloqueaba mi salida. Le pedí con un gesto amigable si podía mover el carro para salir. El hombre de forma campante me dijo: “¡No!, tú estás aparcado en mi lugar, ¡ahora te aguantas!” Y se bajó de su automóvil. Fue un momento incómodo y desagradable, sentí que aquel hombre era completamente insensible frente a dos padres saliendo del hospital con un bebé recién nacido, y simplemente quería “darme mi merecido”. La verdad, yo estaba en la zona de salida, pero, como el área de taxis está justo al lado, a él le pareció que yo estaba “invadiendo” su zona. Su reacción fue hostil, “¿Tú obstruiste mi camino? ¡Ahora yo obstruyo el tuyo!” Fue una sorpresa muy poco grata. Me asombraba que un hombre adulto que está en contacto con gente que sale de un hospital, se comportara de esa manera y se diera el lujo de “devolvernos” la jugada, que, según él, le habíamos hecho.

 

O juzgas para bien o mejor no juzgues

Gracias a Dios, hace algunos años decidí que no iba a juzgar a otras personas, aun cuando me hubiesen causado algún daño. Cabe aclarar que nuestros Sabios enseñan que uno debe juzgar a todas las personas “para bien”[1], lo cual se refiere incluso a una persona que se haya comportado de forma indebida. Tal actitud es digna de admiración y es además perfectamente alcanzable para la mayoría de la gente. Ahora bien, ¿qué hace uno si en ocasiones no ve cómo juzgar a todos para bien? ¿Cómo puede apaciguar el dolor de la ofensa recibida? La propuesta es dar un paso en el camino de juzgar para bien, aunque todavía no puedas recorrer todo ese camino. Si no puedes juzgar para bien, al menos no juzgues para mal. Juzgar a otros para mal solamente va a intensificar el dolor de la ofensa y lo hará más duradero. El único perjudicado es uno mismo. Puedo asegurar, por mi experiencia y la de personas a las que he acompañado, que el simple hecho de “no juzgar” (ni para bien ni para mal) tiene el poder de aliviar el resentimiento que daña nuestros corazones incluso más que la propia injusticia de la que uno pudo haber sido víctima. Esto me recuerda a una frase conocida del Sr. Nelson Mandela: “Guardarle rencor a tu enemigo es como beberte un vaso de veneno y pretender que tu enemigo se muera”.

 

No hay salida ¿Y ahora qué?

Continúo el relato de nuestra salida del hospital. Finalmente, pese a lo desagradable del incidente, el taxista abrió paso para que pudiéramos avanzar. El recién nacido, mi esposa, y yo nos dirigimos al portón de salida. Antes de llegar, me detuve en la estación de pago y noté que la máquina no aceptaba el ticket. Yo lo introducía y la maquina inmediatamente lo expulsaba, sin dar ningún mensaje explicativo. Me dije “¿Y ahora qué?”, pero como la calle no permitía dar la vuelta, lo único que me quedaba por hacer era seguir adelante y enfrentarme a “mi nuevo oponente”, el vigilante de la salida.

 

El segundo oponente

La verdad que yo venía un poco predispuesto a un nuevo enfrentamiento, pues pensé que probablemente había algún problema con el ticket o con mi estadía en el hospital. Sin embargo, recibí una muy grata sorpresa. Me recibió un hombre alto de unos sesenta años de edad. Le mostré el ticket y le expliqué la situación. Él asomó su cabeza adentro del auto, vio que llevábamos a un bebé de tres días de nacido y que mi esposa llevaba en la muñeca la pulsera identificatoria del hospital. En ese momento me miró con los ojos bien abiertos, y con toda la serenidad del mundo me preguntó: “¿Es vuestro primer hijo?” Y yo le respondí “No, es el cuarto”. Entonces nos dijo con una amplia sonrisa: “Hashem os ha bendecido con una familia hermosa para que ustedes sean padres amorosos y bondadosos como Él, ¿Quién soy yo para arruinar vuestra alegría?” Se alejó del carro y mientras abría la baranda eléctrica nos dijo: “Tu ticket ya está pagado por el hospital. ¡Buen viaje!”.

 

Una lección sorprendente

Me sentí asombrado y confundido por el contraste de estos dos personajes. Dos hombres marcaron con su actitud nuestra salida del hospital. Uno amargado y vengativo. El otro cariñoso y comprensivo. Gracias a esta simple anécdota recordé que cada persona es libre de elegir su estado de ánimo y la forma en la que va a interactuar con su entorno. Cada uno de esos hombres ejercía su libertad para formar su propio estado de ánimo y reaccionar en conformidad con él.

La creencia de que somos libres para crear y manejar nuestro estado de ánimo aparece mencionada en muchos libros de la literatura judía. El libro Pele Yoetz[2], en el capítulo que habla sobre la alegría, dice:

Uno que está vivo debe asumir la responsabilidad de su estado de ánimo y de su alegría. La persona debe tener dominio de su estado de ánimo. Debe saber cómo pasar de la alegría a la solemnidad (cuando sea necesario). Debe tener el control necesario para crear su estado de ánimo, de acuerdo con la dirección de sus pensamientos y acciones.

Vemos en este hermoso texto que el estado de ánimo es una responsabilidad inherente a quien “está vivo”. Si uno realmente lo desea, tiene acceso a muchísimas herramientas y situaciones para darle forma a su carácter y acostumbrarse a ser como decida ser. Es una elección que depende de cada uno. Esta filosofía es esencial en la atmósfera de los programas de Coaching P&P.

Y usted, querido lector, ¿quiere tener más control de su mundo emocional? Lo invito que empiece por observarse. Cuando esté abrumado, tenso, cansado o asustado, preste atención al patrón de sus pensamientos, al tono de su dialogo interno, a su lenguaje, las palabras que usa y también su postura física. Si ese patrón está causándole daño, trate de romperlo. Trate de buscar palabras que despierten calma, confianza o entusiasmo. Trate de cambiar su posición, levante las manos, celebre con un puño al aire o quizás, sin ninguna buena razón, sonría o incluso eche una buena carcajada.

Estoy seguro de que notará una diferencia casi de inmediato. Sin duda, una gran demostración de auténtica libertad. ¡Mucho éxito!

Este articulo también está publicado en el blog de Alex Corcias

Este artículo está dedicado para la recuperación de Abraham ben Shifrá Sally y para la memoria de Rajel bat Perla z”l y R. David ben Messod z”l

[1] Avot 1:6

[2] R. Eliezer Papo (1785-1828).


Comments

  1. Moses Laredo Benzaquen : junio 29, 2018 at 12:57 pm

    Hola Alex. Siempre me da mucho gusto leer lo que escribes con tanto Nahat Ruah. Kol Ha Kavod. Shabat Shalom. Un abrazo. Y Mazal Tov !!

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